La mala de la película

"no soy mala, es que me han dibujado así"

3 de Mayo de 2017 - Aire

‘un encuentro conmigo’

Este es el comienzo de un libro que nunca seguí escribiendo, que nunca terminaré y que nunca publicaré. Pero que me gusta compartir con vosotros aquí, en mi abandonado blog 🙂

En aquel baño, aquella tarde, olía muchísimo a crema hidratante barata. Era la misma que le impregnábamos a mi padre años atrás por su huesudo cuerpo. Estoy segura. Crema para alguien que se estaba desmigando por dentro. Como un pan seco.

Vinculo muchos recuerdos a comida. Comparo a las personas con comida. No sé si eso es bueno o malo, pero a mi padre siempre le hicieron gracia todas esas comparaciones -como casi todo lo que yo hacía o decía- Así que, con el tiempo, abuso de ellas. Como si decir que alguien tiene cara de ‘higo’ fuera a hacer que escuchara de nuevo su risa en el viento.

Lo suyo fue una muerte asquerosamente rápida y lenta al mismo tiempo. Como dicen los expertos, ‘limpia’. Lo que durante un tiempo parecía sólo tristeza, un día fue diagnosticado como cáncer terminal y a los tres meses vino la muerte. Mi padre. La persona más importante de mi vida se estaba muriendo delante de mí todo este tiempo. Y yo sin darme cuenta.

‘Todos estamos muriendo en mayor o menor medida’.

Me hice pis en la cama aquella noche del miedo que tenía. A quedarme sola. A sentirme sola. A no saber qué hacer ante algo así. Algo que me parecía tan malo. Algo que me parecía tan injusto. Tan terrible. Algo que no podía estar pasándole a él. Que no podía estar pasándome a mí. A nosotros. No recuerdo haberme hecho pis encima nunca, aunque según mi madre de pequeña me ocurría a menudo. Coincidía justo con los viajes largos de mi padre. Supongo que aquella noche volví a ser una niña que sabía que su padre se marchaba. Supongo que hay noches que, sin querer, te acabas acostando con las nostalgias del futuro.

Ángel me buscaba con la mirada. Sabía que sus ojos grandes, azules, me relajaban. Me hacían sonreír. Supongo que era un buen tipo. A pesar de estar casado y de yo ser sólo una más de sus aventuras, se preocupaba por mí. Era amigo de la familia y había venido todos los días a verme desde que se enteró de que mi padre estaba enfermo.

– Diana, vamos a emborracharnos.
– Bueno…

No dormía. No dormía nada. Tenía un sentimiento de culpa tan grande, que era como si una bola de bilis negra ocupara todo mi estómago y no me dejara respirar. Quería vomitar de pena. Pensaba muchas veces en la muerte. Nunca antes había pensado esto. Ni si quiera durante una adolescencia tan intransigente como la que tuve. Para mí la vida era algo importante. Y ahora quería matarme. Pero no podía. No tan pronto. Hubiera sido injusto para mi madre. Y yo siempre he tenido un pensamiento muy naif con respecto a la justicia. Todo aquello de que se puede llegar a ser una persona justa y todo eso… Bah, no sé.

Aquella noche estando con Ángel me emborraché. Me emborraché mucho. Recuerdo que me llevó a un bar hortera de las afueras de Madrid. Uno de esos bares donde la gente se viste con ropa muy apretada, se peinan para parecer más altos y bailan como si metieran los dedos en el enchufe. Los que somos del extrarradio, con la llegada del calor tenemos el peligro de parecer piñas tropicales Made in Spain. Yo los miraba, sentada en un taburete de la barra del bar. Me los imaginaba en blanco y negro para quitarle fluor al asunto. Había momentos en que me divertía. Eran los momentos en los que Ángel, con su mano siempre encima de mi pierna, aprovechaba para pedirme otro chupito de Tequila.

– Bebe. Te va a sentar bien.
– No, no me va a sentar bien. Pero bebo igual.
– Ya verás, te voy a animar.

Se alejó de mí su mirada tierna hacia la cabina del dj. Un treintañero delgado, de esos que intenta cubrirse los primeros indicios de calvicie con un peinado extraño. De esos a los que les gustaría ser el dj residente del bar de moda de Ibiza. Pero que estaba ahí, poniendo la canción del verano pasado en pleno abril y con su mejor sonrisa. Cuando Ángel volvía señalándome y haciendo aspavientos, comenzó a sonar Billy Jean de Michael Jackson

Me puse a llorar. No quería llorar y me puse a llorar. Cuando quieres aguantar el llanto y estas muy borracha, tu mente funciona exactamente al revés de como quieres. ¿Qué hacía yo allí bebiendo y mirando a gente tan asquerosamente viva, cuando mi padre se estaba muriendo en casa?

Ángel me abrazó.

– Ven, vamos a dormir. Conozco un sitio por aquí cerca. Y mañana te llevo a casa.

Eso me gustaba de él. Muchas veces cuando caes, en lugar de esperar a que alguien te de la mano para verte levantar, lo que buscas es que alguien baje hasta el suelo para besarte. Sin más.
Quería pasar con mi padre sus últimos días, pero me sentía incapaz. Incapaz de mirarle a la cara. Incapaz de ver todo aquello que estaba sucediendo a mi alrededor. Allí estaban todos mis seres queridos. Acompañándole. Todos menos yo. Me encantaría que ellos nunca se sintieran solos. Y que mi madre supiera lo mucho que la admiro, lo mucho que me da, lo mucho que la necesito. Tus padres, los ves siempre por delante de ti. Te pasas la vida corriendo para alcanzarles. Hasta que paras y caes en que siempre han estado ahí, por detrás ti, observando con cariño cómo avanzabas. Con los brazos abiertos para ser el colchón donde caer.

– Sí, vámonos de aquí.

Fuimos a un hotel barato de la zona donde ya conocían a Ángel. Esa noche pensé que aquel chico con los ojos azules más maravillosos del planeta, tenía un nombre muy apropiado. Me quedé dormida mientras él me acariciaba los pies.

Al día siguiente y sin despedirme, me fui al trabajo. Aparecí allí con la misma ropa del día anterior. Ir a trabajar me ayudaba mucho a sentirme mejor. Supongo que cualquier cosa que me alejara de la casa donde estaba muriendo mi padre, me ayudaba a sentirme mejor. Menuda asco de persona. Sí. En el trabajo tenía más que compañeros. Tenía amigos. Y más que un jefe, una mano amable. Tenía mucha suerte. Me hacían sonreír. Mirarles era como mirar una serie norteamericana de los ’90 donde todos los protagonistas son guapos y buenas personas. El caso es que cuando sabes que estás haciendo algo muy mal, no comprendes porqué la vida intenta tratarte bien. Todo aquello era como un árbol lleno de frutos jugosos al alcance de una mano podrida. Y tampoco me gustaba.

Ángel vino a buscarme por la tarde. Bueno, en realidad me llamó a la hora de comer con la excusa de que ‘pasaba por ahí’. Apareció con aquella camiseta roja que le hacía un poco más joven. Roja como todo lo que sangra. Como el que vive y sobrevive. Roja, como la carne que hay por encima de los huesos. La que da forma un ser y un cuerpo que no se conforman. Que no quieren morir. Que no mueren. Curvilíneo, de ángulos cerrados y de ángulos abiertos. Como todos los rayos del sol. Como las dos medias lunas que se tocan con un principio y por un fin y lo convierten todo en una onda expansiva de acordes menores y disonancias escabrosas. Roja, como un invierno que enjaula una primavera. Como un corazón inflamado. Como sus costillas tiritando, sus huesos mojados de veneno por dentro, empapados, pesados. De piel seca y tirante. Y por dentro de él, explotándole la vida. Su vida. En caliente. Como cuando el Mundo estaba conmigo. No contra mí. Conmigo. Roja como un dolor íntimo y fiero que ataca y sobrevuela mi cabeza. Como el buitre que aplasta algún moribundo. Y, sobre todo, roja como esas ganas de llegar a no sé qué parte de no sé qué lado. De salir de aquí en busca de algo que dejara de mover el mundo. Algo que parase el tiempo. Una cueva. Un refugio de mí.

– Estás muy guapa. Esa ropa me suena..

– Je. Sí, no me he cambiado. Tú también estás muy guapo. ¿Dónde vamos?

– ¿A dónde quieres ir?

– A un sitio que esté muy lejos. Llévame a una cueva. A un sitio en el que nadie me encuentre.

– Conozco un sitio así. ¿De qué quieres huir, criatura?

– Quiero huir de todo. Sobre todo de mí. Pero de todo.

– Vale. Pues sube que nos vamos.

‘Huir no sirve de nada’.

urante aquellas horas en el coche, amaba profundamente a Ángel. Sentía que le quería de verdad. Me sentí afortunada por tener un cómplice dentro de mi maquiavélica y repugnante mente. Paramos en medio del camino e hicimos el amor. Toda nuestra historia estaba marcada por una encantadora y secreta pasión vestida de melancolía. El sabor a despedida desde aquel primer beso. Resquebrajarnos, a ratos, los labios hambrientos. Besándonos más lejos de lo que besa un beso. Encontrando en cada caricia un par de emociones minoritarias. Alguien que pasa de puntillas por delante y te deja una marca en el pecho para después salir volando por los aires. Como haciéndote sentir que sientes. Alguien con quien compartirlo todo de manera intermitente. Una estrella fugaz que pasa a rozarte las partes más blandas del cuerpo, para luego seguir recorriendo el Universo. Algo que me indicaba que seguía viva. Que no estaba muerta por dentro.

Ángel era la persona más inteligente y dulce que había conocido. Eso le convertía en un ser bellísimo y fuera de toda naturaleza. Nos guste o no, no abundan las personas extremadamente inteligentes. Era una especie de artista renacentista fuera de época, pero con bata de científico. Soñaba con un mundo mejor. Hacía del mundo algo mejor. Su sola presencia me motivaba a seguir viviendo, a seguir respirando, a seguir al fin y al cabo. Pero en el camino, hacía mucho daño. Era imposible para él demostrar toda su atención ni durante un instante a una sola cosa, a una sola persona. Cualquiera sabía que enamorarse de él sería muy doloroso. Pero todos estábamos enamorados de él en mayor o menor medida. Incluso sus mejores amigos sufrían sus ausencias y su falta de cariño temporal (siempre justificado). Me pareció un detalle enternecedor que en esos días dedicara tanto tiempo a mí y a mi tristeza. Supongo que en el fondo yo era, de verdad, alguien importante para él. Como todas las demás cosas de las que se rodeaba. En realidad daba un poco lo mismo. Creo que estamos hechas de una soledad simple, líquida, que se abraza a cualquier sombra de solidez humana. Como un ‘te necesito’ o un ‘te quiero’. Si pudiéramos no pensar, o hacer que nuestras sombras bailasen con nosotros mismos… No necesitaríamos nada.

‘Llegar a la nada’.

Cuando bajamos del coche y de camino al que sería mi refugio, recordé que no tenía nada de equipaje. Ni ropa, ni cepillo de dientes, ni peine. Nada. Miré a mi alrededor e inspiré una gran bocanada de aire. Olía mucho a campo. A mi infancia. A cuando todo, todo, todo estaba bien. Había soñado muchas veces con volver a ese lugar. Era un campo inmenso repleto de girasoles que iban a merced del aire fresco. Recordé la voz de mi abuelo, que volaba rozando mis mejillas. Recordé también las sábanas blancas de jabón, también inmensas, bailando al son de mi abuela, tan pequeñita. Y me recuerdo a mí, bici en mano y con las rodillas llenas de arañazos, costras y moretones. Y el betadine por los muslos en forma de caras sonrientes.

Me tumbé allí, encima de todas las hormigas y bichitos. Y mis costillas asomaron hasta el cielo. Por mi cabeza revoloteó una mariposa. Y me parecía escuchar a los grillos, aunque fuera plena luz del día. Desde allí inspiraba fuerte hasta inflar mi barriga como una montaña de las que veía en el blando horizonte. Y expulsaba todo: El aire, suave. Las entrañas, suaves. Los miedos, suaves. La temperatura, suave. Flotaba y me volvía sólo puro ambiente. Y volvía a respirar.

Miré a Ángel, que estaba con su mano tendida hacia mí para que me levantara. Nunca había sentido tanta envidia como la sentí en ese instante de mí misma. Me encantan las personas de manos grandes, de ojos grandes, de gafas de ver grandes. Suelen ser de ideas grandes. Deseo inflar la barriga y no volver a expulsar asco y miedo. Deseo no estar más a medio camino, con fuerza media, ideas medias. Deseo volver a ser sólo puro ambiente. Y volver a respirar. Me agarré a Ángel y caminé.

2 comentarios para “‘un encuentro conmigo’”

  1. Andrés Figueroa dice:

    Magnífico texto, se extrañaban las entradas en el blog ?

  2. Carmen dice:

    He encontrado tu relato por casualidad y me ha parecido que expresas muy bien ese momento. Siento contradecirte pero ese sentimiento de culpa no es ser mala, es liberarse y me he sentido identificada Creo que puedes estar orgullos@. En el fondo los que escribimos y soñamos que nos “escuchen a través de lo que escribimos” buscamos eso.

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