Temo que no perdonen mi tardanza, temo que ustedes también se hayan marchado. La paciencia no es precisamente una virtud en Occidente. Tampoco lo es no sentir miedo. Estos días los pasé sola ante mí. Sí, muerta de miedo. Lo que comenzó por obligación, terminó convirtiéndose en un encuentro dulce de la vida ante mí y ante un espejo. Mirarse los huesos, desnudarse en la era de la cobertura. Descubrirse las cicatrices y la piel húmeda y sedienta. Pararme a pensar. Palparme, a pesar. Eso buscaba.
El caso es que se marchó de mi vida sin previo aviso. Me tiró de sus bolsillos, quizá por las apariencias, quizá por el peso. Me dejó perpleja primero, distante y triste después. Extrañamente aliviada, también. Contrariedad de re-encontrarme desempolvando mi cara y mi cuerpo, recién levantados del suelo. Contrariedad de recordar que nunca supe dónde estaba la meta. De recordar que las respuestas sólo las dan los más sabios, sólo las tienen los más listos. Y yo, ni lo uno ni lo otro. Me acordé entonces de la humilde belleza de las preguntas. O como diría aquel, aquella mañana de lunes, me encontré jodida y radiante. Quizá más lo primero que lo segundo.
“Pienso que no te quiero. Contigo no me arriesgo”. Touché. Jamás pensé que esas palabras pudieran decirse a corazón abierto en un mismo verso. Entonces no me quedó otra que viceversa. Viceverso. Yo te amaré siempre, igual que siempre supe que tú nunca lo habías hecho. Había que arriesgar, mi vida. Lo siento. Mi fé residía en llevar hasta el final los errores. En que la vida ordenada y sincrónica, melodiosa hasta resultar a veces tan horrenda, tuviera por primera vez un descuido contigo.
La contrariedad llega si sientes que resucitas cuando la vida te demuestra que aún puede ocurrir algo. Cuando te gira, te da un vuelco. Te hiere y te desangra. Y te tira al suelo. Cuando, de vez en cuando, se acuerda de ti mirándote a los ojos. Poniéndote de nuevo en juego. Por fin a solas, con mis cicatrices, con mis heridas, con mis sueños, le encuentro sentido a este cambio repentino de piel. Le encuentro sentido a la turbulencia y a lo vivido. Al renacer del fuego.
Vivo de exponerme, así de insignificante. Tampoco creo tener casi nada que ocultar. Incluso, confieso, comparto la esperanza de que ante la vida siempre estaré protegida por mi propia fragilidad, por mi propio amor al riesgo. Y de que te amo y te amaré siempre. A pesar de la contrariedad. Sí, así lo siento.
16 de Enero de 2009 Aizea dice:
Si no pones el alma en lo que te rodea, esta, nunca gana.
Cundo pones el alma en todo, esta, gana aunque pierda.
Duele…
pero es mejor….
13 de Enero de 2009 Elvira dice:
Mala, un placer, like always. Hay que echarle frivolidad, menos corazón, hay que exponerse menos, hay que dar menos. Turbulencias sí, heridas no. Bsssssss frívolos, después de haber amado tanto y haber disfrutado menos. Bs que ahora disfrutan muuucho y aman poco (se puede, se puede!).
20 de Diciembre de 2008 Mordisquitos dice:
Caminar demasiado rápido tiene sus ventajas, no es posible alcanzar a alguien por lo que no tiene que preocuparse de lo que deja atrás. Pero qué aburrido es.
18 de Diciembre de 2008 papisounds dice:
Ya tocaba!!! tu sabes el vacío que produce el mirar la web y siempre el mismo texto?… por fin puedo cubrir un poco ese vacío!!!
El texto como siempre genial… te daría hasta un abrazo… jejeje
18 de Diciembre de 2008 adiskide dice:
tía pues no serás guay informatica,
pero me molas más.
18 de Diciembre de 2008 Aldabra dice:
¡cuanto dolor, mala!
bicos,
17 de Diciembre de 2008 Demolition Doll dice:
Es muy hermoso lo que escribes, hay dolor, perplejidad, miedo pero en todo ello subyacen las ganas de vivir y seguir arriesgando, aunque ahora hasta coger aire cueste un esfuerzo titánico.
El dolor nos recuerda que seguimos vivos por dentro, y eso lo tienes. Solo es cuestión de tiempo. Y no, no te protejas, solo ganan (ganamos) los que arriesgan (arriesgamos).
Aunque duela y mucho.
16 de Diciembre de 2008 Tenil dice:
Me encanta lo que haces, tu código me atraviesa.