Escaleta de efectos
Hay noches en las que el silencio de vuelta a casa, resulta como el que llega después de cualquier huracán. La ausencia se convierte en un grito sordo, que duele y clava y vacía de sangre cualquier cosa que bombea. La calma, aparente, se deshace en tristeza y se hace de huecos en los que retumba todo aquello que es pasado. Permanecen en la memoria los escombros menos necesarios, aquellos que un día fueron los más bellos.
También hay días en los que el camarero de un bar nocturno, con aspecto de camarero de bar nocturno, te muestra que el edificio de fachada más fea, tiene las vistas más bonitas de Madrid. Que su cabeza, llena de libros, posee toda la libertad que tú sólo llevas anhelando desde el comienzo. Y que el movimiento, sí, se demuestra andando (aunque ella siempre vaya dos pasos más allá).
Y después, hay tardes en las que una mujer preciosa te regala un libro dedicado. Y te das cuenta de que ella te gusta porque se defiende, suave, ante la vida. Porque ilumina sin quemar, inundándolo todo del brillo de un comienzo que no cesa. Luz fresca como la del reflejo del sol en el agua. Como la que se dibuja en la tierra cada tarde de verano, removiendo los milagros, los brotes, las flores. Enfocando a los musos y las musas, que abren puertas todos los días.
Y es que en la escaleta de efectos de la vida, algunas personas a veces queriendo, a veces sin querer, te obligan a lanzarle un beso en la boca al horizonte. Y sonreír.