El invierno entre los músculos
El invierno deja tras de si montones de cajones vacíos. Montones de hojas arrugadas, cargadas de letras ya caducas que hoy dicen, de tu mano, adiós. Se hace difícil hablarle desde fuera a alguien a quien se lo contaste todo cada noche al oído. Y bueno, dicen que una puerta es un comienzo y a pesar de las facilidades, lo cierto es que sin picaporte no habría nada. Ni entradas sutiles, ni huellas ligeras. Ni tampoco poesía. Nada. Lo que permanece entre mis músculos es la dura duda y la sola soledad. Que duelen y tiran y a veces arden y mueven la sangre. Contigo nacen, contigo matan, contigo mueren.
Tras nueve farolas, cinco rotas, te das cuenta de que lo importante no fueron los kilómetros, lo importante era llegar hasta tu boca. Sé que no te olvidaré, aunque tu figura se esparza entre el resto de figuras. Aunque la muerte sin mortalidad sea lo más feo del mundo, también es necesaria. Igual que lo es el tic tac. Igual que lo fuiste todo, amor.
Seré pretenciosa, pero siento que quizá te esté amando ahora mejor que nunca. Siento que te amaré siempre, a pesar de tus días tristes. A pesar de tus días fríos, como el hielo. Siento que te amaré suave y también libre. Que te amaré como te amaría alguien que no se ha sentido nunca solo estando a solas contigo. Con la sinceridad de tu mirada, con tus manos. Siento que te amaría sin rencor. Te amaría aun sabiendo que fuiste aquél que provocó toda la felicidad. Y también toda la tristeza. Te amaría más, mucho más, de lo que ya lo hago. Pero aún así, te lo digo: Te amo.