El desayuno del que se deja morir
Voy suave, cada día noto mis venas engordar de letras. Trato de ir en las misma onda en que se manejan las canciones de los Beatles. Recuerdo a los musos y a las musas, tengo suerte de tenerlos tan cerca. Vacío mis bolsillos de lo que que quiero y de lo que no, para sentirme un ratito libre. Preguntan en la tele “¿tiene usted orgasmos?”. Pienso que contigo yo no tengo de eso. Contigo yo me muero. Contigo, por primera vez en la vida, había conseguido dejarme morir. Creo que lo hago porque creo en ti. Pierdo el equilibrio mientras lames mis piernas, mientras besas mi corazón y rozas suave la parte más tierna de mi cabeza. Muerdes el alma, las emociones, lo que entraña la vida. Saliva fresca y respiración. Y yo me dejo, me dejo todo, me dejo morir del todo con la sonrísa más increíblemente desordenada. Porque pierdo cantidades industriales de sangre en cada operación a corazón abierto que tengo contigo. Y para recuperarme, todas las mañanas desayuno un zumo, galletas y un par de poesías. De vida, de ganas, de amor, de felicidad plena. De ti.