Vine y vi
La primera vez que le vi, coincidió con que ya le había visto muchas otras veces antes. La primera vez que le vi, gesticulaba igual que ahora, hablaba igual que ahora, llevaba el mismo corte de pelo, quizá incluso la misma ropa… Pero la primera vez que le vi, coincidió con la vez que me pregunté qué historia llevaría detrás de todo aquel cuerpo que se retorcía extremadamente ágil y coordinado. Fue entonces y sólo entonces cuando me di cuenta de los colores que él emitía, el color de su boca azul, el color a tierra seca de sus manos, y después llega todo lo demás. Sus líneas blandas, (blandísimas como ondas) y sus contornos duros (durísimos como un no). Y su tacto, que es en esencia el que me dicta cómo ir mirándole. Primero tocar, después sentir y por último (con suerte) ver. Quizá no debería de ser así, pero es así como es en la mayor parte de los casos.
Hay personas a las que desearías ver feliz todos los minutos de su vida, y les quieres tanto desde tan adentro que lo único que se te ocurre decir es “no te mueras nunca por favor”. Pero algunos días se ponen tristes, te niegan un beso y comprendes que tú no eres quién para tratar de hacer inmortal a nadie. Que cada uno quiere marcharse cuando debe. Y que odias los miedos del otro porque, en el fondo, no sabes a quién le dan más terror. Y piensas en salir tú corriendo antes de que nadie se mueva, muy deprisa, porque quizá debes. Pero dices “si la bolita cae dentro de la papelera, me quedo”, y cae fuera. Y por supuesto te quedas. Porque (le) quieres.