6 de Diciembre de 2007 - Aire
No hay mayor paz que esa
Ando entretenida atando todos mis viejos cordones desatados. Lazos rojos de nudo flojo, por si acaso. Abrochando botones de ojal ancho. Peinando mi pelo para que cada cabello sea la cuerda de un Romeo. Ando caminando, con una camiseta de jabón, por una senda de tierra llena de miles de piedrecitas. Las cuales son amontonadas por los pies de los viandantes a los lados, como cuerpos de muertes injustas en un genocidio. A mí me gusta sentirlas a veces tocando mis pies, me recuerdan que estoy viva.
Me acompañan un bello señor que siempre está cansado y siempre se da la vuelta para comprobar si deja huella en el camino. Y también una niña que camina a saltitos con los ojos muy abiertos. Ella me mira muchas veces, y de vez en cuando salta por encima de las huellas que deja mi rastro, me da empujoncitos y se ríe cuando hablo sola, me enfado sola y duermo sola. Se ríe y me coge de la mano. Yo la quiero mucho, aunque ella no lo sabe. También hay un ratón sentado en mi hombro, dándome la espalda. Lleva todo el tiempo mirando para atrás con pena. Me encantan las cosquillas de su rabito en mi oído.
A veces se suman a la procesión una pareja dividida en dos: Ella le busca por su cuello, Él nunca la encontró en su pecho. No hay mucha luz, pero la media luna me sonríe. Y no sé lo que hay detrás de todo esto, pero imagino allí a lo lejos un patio, una azotea y un libro de historia en blanco. Un poco más lejos, concretamente lo más lejos de ti, la fuente de vehemencia. Pero todo esto es lo de menos, pues cuando te recuerdo estoy contigo, y no hay mayor paz que esa.
7 de Diciembre de 2007 Makiavelo John dice:
Después de leerlo contigo pan y queso.
Saludos.