Sábado, 8 de Septiembre de 2007

Cerrar y abrir

Archivado en: Aire — la mala de la pelicula @ 11:17 am

He cerrado los ojos y me he imaginado con el pelo mojado y un vestido rojo, de tirantes, cortito. Con falda lisa de las que vuelan con la brisa fresca. He cerrado los ojos y me he imaginado así, andando descalza por el césped más verde y más frondoso e infinito. Cuando me he cansado, me he tirado al suelo y he notado las cosquillas de cada hierba sobre mi piel. El vestido es fino y con cada gota de agua que cae de mi pelo me siento yo más deshilada. Llegará el punto en que, si el sol no se atreve a secarme, se me van a ver el corazón y los pulmones. Y lo que hay debajo. Me da igual, estoy sola. Eso me tranquiliza.

De pronto, cuando más a gusto estoy, cuando mis pulmones respiran más profundamente y mi corazón parece aletargado, abro los ojos. Estoy allí, tan desnuda en un lugar tan bonito que me entra pena. No es una tristeza normal, de las que te vienen por estar triste. Es tristeza por haberme soñado en un lugar como ese, tan verde, tan infinito, y encontrarme tan sola. Pero es mi sueño, recuerdo yo. Los días van a pasar igual, recuerdo yo. Y eres tú quien les concede la tristeza o la alegría, recuerdo. Así que me levanto, y cuando me dispongo a andar encuentro una flor tremendamente amarilla a mis pies.

No estoy sola. Estoy por fin con el corazón al aire. Estoy en aquel lugar, quizá lejos de mi casa, pero hoy no me da miedo. Hoy lo importante no son los kilómetros, lo importante son los clavos que han caído. Descoser el hilo negro que cerraba mi boca, mis pestañas, aunque sangren. Despegar las manos de los bolsillos, aunque duelan. Vaciar mi cuerpo de cortezas y verme por dentro. No temerle a mi esqueleto, ni a mi figura, ni a lo que siento. Es poesía lo que permanece entre mis músculos y choca y duele cada vez que abrazo, que arrastro o que miro al cielo. Pero no me da miedo. Lo importante es que tengo una flor preciosa a los pies, quizá la única compañera que tenga en todo este viaje. Lo importante es que por eso la adoro, porque es valiente y está conmigo allí sola también. Quizá también por eso me parezca tan bonita. Y a sabiendas de que no debería, de que si ella está allí es únicamente porque (me) quiere, y quizá también por eso, no puedo evitar de vez en cuando arrodillarme y arrancarle algunos pétalos. Sólo para comprobar si es cierto lo qué siente ella por mí.

He cerrado los ojos y he imaginado mis rodillas de color verde, como aquel campo. Y mi boca roja, como mi sangre. Que bombea, bombea, bombea. Hoy he cerrado los ojos, y he pedido silencio, un silencio lento. Hoy he cerrado los ojos y he visto bailando a dos esqueletos con el pecho abierto, he visto crecer algún rosal. Hoy he abierto los ojos y he sido feliz.

Lunes, 3 de Septiembre de 2007

Un disfraz de auténtico

Archivado en: Aire — la mala de la pelicula @ 10:36 pm

Personalmente le agradezco su dedicación plena a ser usted. Tal y como es. Tan sólo espero que a ese gorila, de ojos blandos y manos duras. De piel extremadamente suave y cuerpo rotundo. De pensamientos extraños y barba dura. De vida distinta, sin pretenderlo. De mente singular, sin ser altiva. De palabras que no caben en todos los oídos, por su propio peso. De actos poéticos y por tanto difíciles, aunque no siempre conscientes ellos mismos de estar hechos de pura valentía… Personalmente sólo espero que a ese gorila, jamás se le ocurra disfrazarse de humano. Aunque haya quien no le comprenda, quien le señale, y quien le mire raro. Personalmente se me hace extraño pintar estrellas sobre un lienzo tan blanco, toda palabra con respecto a usted parece forzada a quedar en nada frente a lo que usted mismo es.

Personalmente le respeto, lo dibujo en mi mente a cada rato. Personalmente sé que le digo lo que le estoy diciendo con las manos temblando. Y ya sabe usted, mirando muy hacia el suelo. Pero es que, personalmente, lo amo.

Domingo, 2 de Septiembre de 2007

De cuando fui oráculo

Archivado en: Aire — la mala de la pelicula @ 8:18 pm

Hoy he llamado a su puerta y he enseñado la patita. He apaciguado mi ser y mi estar, he oído de mí para él todo, hasta lo que no quiero contar. Y he recordado que una vez yo en otra vida fui oráculo. Supongo que un oráculo de esos que se pasaban el día drogándose y llevándose halagos. He recordado una de las historias que viví en mi otra vida.

Dicen que hubo un tiempo en que todos los hombres y mujeres tenían los ojos del mismo color. Era un color indescriptible, un color que unía todos los colores pero no era un color en sí mismo. En ese tiempo había un chico enamorado de una chica. Se reían mucho juntos, de hecho se amaban. Quedaban todas las noches a la misma hora y bajo la misma farola hasta que un día él no la vio aparecer. Al chico se le olvidó que lo importante es no sucumbir a la oscuridad del entorno. Y muchas veces, si miras a la infinita noche en busca de algo y no te concentras lo suficiente en ello, terminas siendo pura oscuridad tú también. Y ya no sabes si tienes los ojos cerrados o abiertos. Así que se olvidó también de eso, de lo importante que es mantener los ojos bien abiertos aunque no veas una farola encendida, aunque no encuentres luna por ningún sitio. Porque tus ojos son un punto de luz esencial, son tu luz. Eso no se tiene que olvidar jamás. Igual que tampoco se debe uno rascar una herida ya que resulta tan sólo un alivio momentáneo y después pica y duele más.

El fracasado espera suerte, la víctima ánimos, pero el que se siente derrotado se prepara con toda la rabia del mundo para ganar. El chico se sentía derrotado por la noche. Sentía que ella se la había llevado. Entonces las imposiciones del mundo se le hicieron insoportables. ¿Por qué la noche debía ser noche?. Odiaba tanto esa maldita oscuridad que empezó a gritar agitando violentamente su cabeza arriba y abajo, con todas sus fuerzas, para que la noche se fuera. Se olvidó de nuevo de que los precipicios imaginarios son peligrosos, igual que las nubes muy altas, porque ambas te impiden mirar al frente y ver lo que andas buscando. Cuanta más oscuridad se iba diluyendo con el paso del amanecer más rabia le daba la poca negritud que iba quedando. Se obcecó y decidió continuar gritando hasta el final. Cuando el día se hizo pleno y él estaba completamente extenuado, regresó a la farola de todas las noches, y allí encontró a la chica. Por fin vio lo que en realidad quería ver desde el principio, por fin vio lo que hubo tenido siempre en frente si hubiera abierto los ojos queriéndola mirar.

Dicen que en los ojos de aquel chico quedó marcado el aviso para no volver a sucumbir a la plena oscuridad del entorno. Para no ser más oscuridad frente a la oscuridad. Dicen que así empezaron a existir los ojos de color marrón y negro.

Yo hoy he llamado a su puerta y le he mirado. Oráculos aparte, me ha resultado impensable no comprender al chico de la historia. ¿Cómo no sucumbir? ¿Cómo no desear que penetren por tus tejidos y sentirlos tan dentro? ¿Cómo no dejar que te envuelvan, te aprieten y te hagan suya? Hoy he llamado a la puerta y he encontrado sólo sus ojos, inmensos y oscuros, colgados con un alfiler de luz en un fondo blanco. Hoy he llamado a tu puerta y sólo siento cómo ellos seducen y mueven mi sangre. Bombean. Mi vida.

Sábado, 1 de Septiembre de 2007

Extremos a examen

Archivado en: Aire — la mala de la pelicula @ 4:01 pm

La positividad sin barreras y la nostalgia desmedida, son lo mío. Cuando llega uno de esos días en que me doy cuenta de que quizá llego tarde para demostrar quién soy, y que quizá sí merecía la pena demostrarlo, mi primera reacción es la de una tristeza increíble. Por haber dejado pasar, por no haber medido… Y si tengo mucho estrés, me entra sueño. No me refiero a bostezos y picor de ojos, sino más bien a quedarme dormida allá donde esté durante quince horas seguidas, si me dejan. Y despertarme con sueño, claro. Cuando tengo estrés, mi cuerpo trata de huir de mí dejándome en un estado semi-inconsciente, sin darse cuenta de que el cerebro no es capaz de huir de su equivalente. Y en los sueños, sigue habiendo estrés. Al final, ayer me desperté y me habían regalado un reloj y una calculadora. Me recordó a los tiempos en los que iba preparadísima para demostrar mi valía y procuraba no llegar tarde. Tiempos en los que mi mochila llevaba mi nombre hilvanado en rojo y estaba vacía de piedras. Pensé que eso era una señal, y mientras me moría de la risa por lo absurdo, me hacía dos coletas. Aún no sé muy bien porqué, pero creo que me dan suerte. A pesar de que quedan escasas horas para saber si podré demostrar que puedo o no, y teniendo en cuenta que mi cerebro está partido en dos mitades, (una bastante más activa que la otra), creo que la cosa está efectivamente dividida, pero no vencida. Como siempre.

Lo que digo es que quiero hablar como una profesora, señalando los datos de interés, sobredimensionar los hechos, calcular raíces cuadradas mentalmente y escribir todas las respuestas acertadas en el papel. Bueno, todas no porque me gustan mucho los números decimales, suenan mejor. Desde luego son mucho más heroicos. El eterno perdedor y el eterno casi. Imagino que le pediré sus gafas a mi compañera Ana. A ella le sientan como a una intelectual. Me ha dicho que los veré a todos más chiquititos. Igual mucho mejor.

Aunque al final, acabaré trazando contornos y dibujando siluetas. Acabarán mis manos enredadas con los suspiros del chico de la mesa de atrás, que lleva largo rato sin escribir nada. Me quedaré, entre el espacio y la sombra. Sin subir al escenario. Y dejaré que decidan quién soy mientras salgo, sonriendo de forma desmesurada y de puntillas, por la puerta. Sacaré un 0′8 o quizá un 8′9. Como siempre que se examinan mis extremos. Como siempre.

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