25 de Agosto de 2007 - Aire
Mi desconocida favorita
No la conozco, quizá sea de esas personas que guarda un cuchillo debajo de la almohada antes de acostarse. No la conozco, quizá me entere mañana de que una de sus aficiones es disparar a los gorriones desde su ventana. No la conozco, no. Pero en cinco días ha sido capaz de quitarme el apelmazado pegamento que tenía en cada pestaña. En cinco días sus dedos, traviesos y mañosos, han ido separando los dos párpados de mis dos ojos, mientras de su boca salía la bocanada suficiente de aliento como para apartar los restos de grapas y cemento. En cinco días, ha conseguido hacerme ver, y hacer sin que ella lo pretendiera, que lo primero que mi vista atisbara a enfocar fuera su rostro, separado por un par de mesas de oficina del mío.
No la conozco, pero lo primero que vi en ella fueron sus dos enormes ojos. No son unos ojos normales. Son unos ojos que tienen la particularidad de rozarte el hombro, la mano, e incluso de darte un abrazo desde allí. Son unos ojos inteligentes y vividos. Pero sobretodo, son unos ojos que escuchan atentos, y hasta lo que una no dice, ellos lo ven. No la conozco, pero lo segundo que vi en ella fue una sonrisa cálida y constante que acunó cada una de las palabras que por allí andaban. Flotaban sin demasiada orientación, ya que habían salido de una boca, mi boca, que por esos días tenía a la inseguridad como frontera hacia el exterior. Su sonrisa, las acunó hasta quitarles el miedo. Después las ordenó y las hizo salir, esta vez desde su boca, teniendo ella la valentía como frontera. Como resultado, yo escuché los pensamientos más acertados, sinceros y nobles que mi cerebro había sido capaz de asimilar en muchos meses. Y no sólo los escuché, sino que éstos se fueron metiendo desde mis oídos hacia mi interior de tal forma, que para cuando me di cuenta mi espíritu había dejado de ser transparente. Ahora parecía honesto, e incluso fuerte. Lleno de ideas, y de frases que las unían como en un escudo de la Edad Media, pero hecho de unos valores que yo creía perdidos.
No la conozco, pero lo tercero que vi en ella, fue su forma de caminar y cada gesto con que lo acompañaba. Sus pasos son los de una persona fuerte, que no arrolla. Sus gestos son los de una gota de agua, que se preocupa de que el resto de sus compañeras de charquito anden cristalinas y frescas, para así poder formar ese agua dulce del que todos puedan beber, o quizá reflejarse. Y que sabe, que cuantas más gotas cristalinas haya, y más se mezclen, más manantiales y más ríos habrá. Por eso se preocupa de que todas sonriamos.
No la conozco, desde luego que no. Pero tengo que reconocer que es mi desconocida favorita.
1 de Septiembre de 2007 Frank Montana dice:
Me quedo alucinado por cómo escribes, aunque éso ya estarás harta de oírlo…