Sábado, 25 de Agosto de 2007

Mi desconocida favorita

Archivado en: Aire — la mala de la pelicula @ 7:38 pm

No la conozco, quizá sea de esas personas que guarda un cuchillo debajo de la almohada antes de acostarse. No la conozco, quizá me entere mañana de que una de sus aficiones es disparar a los gorriones desde su ventana. No la conozco, no. Pero en cinco días ha sido capaz de quitarme el apelmazado pegamento que tenía en cada pestaña. En cinco días sus dedos, traviesos y mañosos, han ido separando los dos párpados de mis dos ojos, mientras de su boca salía la bocanada suficiente de aliento como para apartar los restos de grapas y cemento. En cinco días, ha conseguido hacerme ver, y hacer sin que ella lo pretendiera, que lo primero que mi vista atisbara a enfocar fuera su rostro, separado por un par de mesas de oficina del mío.

No la conozco, pero lo primero que vi en ella fueron sus dos enormes ojos. No son unos ojos normales. Son unos ojos que tienen la particularidad de rozarte el hombro, la mano, e incluso de darte un abrazo desde allí. Son unos ojos inteligentes y vividos. Pero sobretodo, son unos ojos que escuchan atentos, y hasta lo que una no dice, ellos lo ven. No la conozco, pero lo segundo que vi en ella fue una sonrisa cálida y constante que acunó cada una de las palabras que por allí andaban. Flotaban sin demasiada orientación, ya que habían salido de una boca, mi boca, que por esos días tenía a la inseguridad como frontera hacia el exterior. Su sonrisa, las acunó hasta quitarles el miedo. Después las ordenó y las hizo salir, esta vez desde su boca, teniendo ella la valentía como frontera. Como resultado, yo escuché los pensamientos más acertados, sinceros y nobles que mi cerebro había sido capaz de asimilar en muchos meses. Y no sólo los escuché, sino que éstos se fueron metiendo desde mis oídos hacia mi interior de tal forma, que para cuando me di cuenta mi espíritu había dejado de ser transparente. Ahora parecía honesto, e incluso fuerte. Lleno de ideas, y de frases que las unían como en un escudo de la Edad Media, pero hecho de unos valores que yo creía perdidos.

No la conozco, pero lo tercero que vi en ella, fue su forma de caminar y cada gesto con que lo acompañaba. Sus pasos son los de una persona fuerte, que no arrolla. Sus gestos son los de una gota de agua, que se preocupa de que el resto de sus compañeras de charquito anden cristalinas y frescas, para así poder formar ese agua dulce del que todos puedan beber, o quizá reflejarse. Y que sabe, que cuantas más gotas cristalinas haya, y más se mezclen, más manantiales y más ríos habrá. Por eso se preocupa de que todas sonriamos.

No la conozco, desde luego que no. Pero tengo que reconocer que es mi desconocida favorita.

Martes, 21 de Agosto de 2007

El mecanismo de respiración

Archivado en: Aire — la mala de la pelicula @ 10:53 pm

Lo he visto en otras ocasiones. En esta época del año, con la muerte lánguida del verano, se rechaza el esfuerzo en casi todo. Se busca el estímulo externo constantemente para seguir con cada uno de nuestros pasos. Total, se acaba el verano, sólo queda ver llegar la caída de las hojas. Al mismo tiempo todas las palabras que se caen, se ponen de acuerdo en salir sólo de nuestra propia boca, y en dirigirse únicamente a nuestros oídos. Sin tener en cuenta que somos lo que queremos y aquello de que el ojo no es ojo porque tú le veas. Rechazamos la alienación del amor, por pequeño que sea. A cambio le sonreímos a dormir ocho horas en colchón duro y almohada baja, comer fibra, dos piezas de fruta, beber al menos dos litros de agua y correr 45 minutos.

Cuando toco su pecho no puedo evitar imaginar el enorme y suave corazón que hay debajo. Rojo, en forma de pera, galopante. Bombeando litros de sangre hasta su lengua, que se retuerce enredando la mía. Imagino como, aunque él muriera allí mismo, su corazón seguiría latiendo más allá de su último aliento, en mis manos. Resistiendo allí y yo soñando que quizá lo hiciera por estar entre mis manos, chorreando amor, hasta ponerse completamente duro, explotar y teñirme en el baño más dulce. Sí, soy un puñetero dibujo manga, con todo lo que eso conlleva.

Al final descubro que a veces es polvo de huesos lo que a una se le mete en los ojos cuando él le habla a pecho descubierto. A veces es más triste el poema que la propia tristeza. A veces es difícil aceptar que la araña que cuelga del techo de tu cuarto, aquella con quien comprtiste tanto de tu vida, jamás renunciaría a su telaraña por picarte. Y bueno, es difícil aceptar también que quizá tú no la mataste antes precisamente por esto.

Como dice Ainhoa, quizá deberíamos fijarnos más en lo maravilloso que tiene el mecanismo de respiración, y cómo se altera, a veces. Y porqué. Da buenas respuestas a algunas preguntas. Yo no voto, yo no fumo, yo no salgo, yo ahí no entro. Yo no escucho tus latidos. Ni ya los míos.

Domingo, 19 de Agosto de 2007

De vuelta

Archivado en: Aire — la mala de la pelicula @ 5:16 pm

He vuelto.

Me marché en silencio. Últimamente es algo que me gusta poner en práctica. He aprendido que es mejor así. Más cobarde, eso también. Pero irte en silencio te permite volver, y quizá no contar nada. De la otra manera no sacias a nadie y menos a ti mismo, además de andar cerrando puertas. Es un ruido que no soporto. Prefiero, en general, marcharme así, aunque esta vez ha sido para transportar mi cuerpo a una isla pequeña en donde hablaban extraño. El lunes es ya el segundo día para ellos, de un lugar como ese sólo podía sacar buenas conclusiones.

Aunque vuelvo con los ojos más cubiertos que desnudos, por sueño, he tenido que encender el ordenador. Tenía una ilusión brillante e inflada (al menos así tengo justo los carrillos) por saber si me habría contestado él. Con él siento que tengo una conexión, o eso diría un niño a punto de meter los dedos en el enchufe. Los niños no llevan mochila alguna a sus espaldas, saben lo que dicen.

Las islas tienen algo, igual que los países árabes. Algo que me susurra: “Planta aquí tus raíces, al menos dos centímetros y unas cuantas líneas de tu tiempo. Empápate de lo nuestro, regala tu cara a un viento lleno de alientos sutiles e insinuantes” En las islas normalmente hablan bonito, dicen frases como “mi niña”. A mí me gusta oírlo aunque sea mentira, me recoge. Igual que leer la palabra “bonita”, me ha encogido en un abrazo. Vale que tampoco soy muy grande, de fácil recogida y con un empaquetado que dice MUY FRAGIL. Pero eso asusta muchas veces, también a los villanos, una pena. Quedan pocos atrevidos en el país del miedo y del piénsatelo. Al mismo tiempo mi empaquetado me permite que se me acerquen los niños, los ancianos, las chicas dulces, las manos suaves, las flores, los secretos, la brisa, la música y el atardecer. También a veces me quieren llevar las maletas los tios-cachas-tatuados cuando estoy en el aeropuerto. En realidad, si lo pienso, son todo ventajas.

Han sido unos días llenos de montañas marrones y rojas con cascadas verdes, de frutas tropicales y de preguntas. Muchas. Tal y como sospechaba, las montañas efectivamente no te dan la solución, pero te ofrecen una serie de preguntas llenas de caminos. No te piden nada aparte de que las sientas y, si quieres, las recorres. Me ha parecido ver mi reflejo en algún charco. Pero no me ha dado miedo, todo lo contrario.

Sigo sin comprender a quien no dice nunca “te quiero” porque las palabras se las lleva el viento, ni al que dice que para no sufrir hay que no esperar. Pero vuelvo con la cabeza llena de nuevos interrogantes y múltiples senderos. Por ahora voy de puntillas con el bocadillo envuelto en papel de plata, caminando por todo lo que veo. Verde, yo te quiero, verde. Imposible elegir, absurdo más bien.

Espero que hoy me escuches también, porque esta vez es para ti el mensaje. El equilibrio es complicadísimo, creo yo, porque ¿quién se encarga de equilibrar el equilibrio? Yo suelo caminar con pértiga, eso ayuda mucho. Por ejemplo, tener la cabeza llena de preguntas y encontrar su respuesta en mi e-mail, me hace feliz. Y camino.

Un saludo a todos y un muchas gracias por esperar

Domingo, 5 de Agosto de 2007

A la Sombra del Sol

Archivado en: Aire — la mala de la pelicula @ 9:40 pm

Creo que el Sol nunca se aburre. Es el único ser poseedor de todas las sombras que quiere. Puede mimetizarse tantas veces como le plazca. Puede ser flor y cemento, puede ser billete de quinientos o montaña. Puede ser mi cara y tu cara. Las desfigura, alarga, encoge, ensancha… Según le venga el compás de su baile. De este a oeste, de oriente a occidente. Estos días siento que el sol anda jugando con mi sombra como nunca. La está haciendo más y más grande y por minutos me va sacando cabezas. Yo la miro de reojo, porque si se me ocurre echarle la vista frente a frente, siempre termino agachando la cabeza para poder verla entera. Mi sombra es más alta, más suave, más lista, más rápida y hasta cae mejor que yo “ponte aquí, para que tu sombra cubra mi cara”

Mi réplica no tiene marcas, ni lunares, ni estrías, y yo diría que tiene los dientes bien colocados. Desaparece cuando hay tormentas, y sus dedos alcanzan antes que los míos las páginas de los libros. Cuando ve un chico guapo, mientras yo cubro mis ojos achinados por el sol con la mano, ella aprovecha y se estiliza, y a veces se pone pecho. Lo juro. Se mete dentro de los cuadros, de los charcos y de otras sombras bonitas. No canta y no dice gilipolleces, o al menos yo no se las he escuchado nunca. Claro que tampoco baila a la luz de la luna, y el olor a humedad jamás le inspirará recuerdo alguno. Porque el Sol aún no ha inventado las sombras de los besos, de los olores, ni de los suspiros o los deseos. Porque la noche es la Sombra del Sol, que le gana, le derrota y lo hace desaparecer por unas horas. Viviendo así tan sólo la mitad de la vida, y olvidándose de que es la noche la que le trae sentido a los días. Llenando en cada teñir de negro el cielo de estrellas y el cuerpo de sueños. Sin réplicas, ni sombras. Tan sólo pequeños y brillantes halos de vida que inundan de brillo los ojos y de astros tiritando el horizonte.

Yo cada noche sueño que alimentes mi boca de palabras llenas de erres: Ronroneo, desear, buscar, encontrar, morder, comer, doler, Perder, soñar, correr, mirar, abrazar, dar, besar, recibir, sonreír, Rojo, siempre, volver, Amar.

Ninguna de ellas tiene sombra. Casi todas me ocurren sólo durante la noche. El Sol es un tipo guay que anda siempre brillando y recibiendo piropos, nunca se aburre, ni se muere. Seguro que tampoco bebe alcohol. Pero tampoco se vacía, ni se llena, ni sonríe. Yo confieso que también lo necesito y hasta le quiero, pero me aburre soberanamente ¡Qué le voy a hacer!

Viernes, 3 de Agosto de 2007

15 minutos

Archivado en: Aire — la mala de la pelicula @ 12:45 am

15 minutos. Era el tiempo que se iba restando en la pantalla. Todo lo que me quedaba antes del Game Over. En 15 minutos tenía que acabar con todos los malos, conseguir las pócimas secretas y salvar el mundo del apoteósico final. Pero como siempre, en vez de elegir ser la protagonista, me quedé mirando demasiado rato al otro chico del videojuego. Me gustó desde el principio. Me gustó porque no es el tipo de jugador que un jugador común escogería. Me gustó porque era bajito, moreno, porque tenía un nombre raro y una historia vital graciosa. Me gustó también porque su táctica era el tacto y la palabra. Y porque ocultaba algunos datos sobre él al resto de jugadores. Parecía listo y malo, de hecho lo era. Y me monté en su coche de color RBG, un descapotable amarillo que iba a 777 km/h. Dimos vueltas por un circuito de Sudáfrica, en donde hacía un calor brutal. Mi pelo pixelado al viento. Después pasamos a la fase del hielo, la más difícil, en Alaska. Cada vez que las ruedas delanteras se le iban un poco, de su boca salía un bocadillo en forma cuadrada que contenía la palabra “fuck” en letra arial. A él no le gustaba hacerlo, pero era una manía que le venía de serie. La mía era mucho peor. La mía era la de esperar que nunca se acabara un libro bonito o un beso intenso. El final de esta historia terminó siendo como el de casi todas. A falta de dos minutos para el final, tuve la sensación de que el chico del videojuego olía demasiado a chuches, y que escupir y tirar dólares por la ventanilla no era un defecto de serie, sino una estupidez de chico de videojuego más. Y me di cuenta de que en realidad no me gustaba, quizá si virtualmente, pero no en realidad. Y que era mejor salvar el mundo o besarme con otro chico color CMYK.

Pero es que a mi chico CMYK en la piscina le miran todas. Y yo me pongo de fuego como Mishae, (la madre de Sinchan), con los dientes afilados. Me entran ganas de ponerme a pegar puñetazos, así que trato de paliarlo arrancando de cuajo todas las pobres hierbitas del lugar. O echando una partida al Tekken. Escogiendo siempre a la china en combate contra la rubia tetona, y poniendo el modo fácil para cargármela de tres o cuatro hostias. Sufro mucho, porque mi defecto de serie viene dado por ir de tia liberal, y decirle cosas como que el día que quiera hacer un trío, sólo tendría que decirme con quien, y voilá. Pero en mi fuero interno soy una Mohammed más. Y me entran ganas de ponerle un burka. O convertirme en superguerrera con el pelo hacia arriba amarillo y energético total. Y es entonces cuando me siento fatal y me pongo a bajarme Redes en el emule como una loca. Punset apacigua mi fiera, además de provocarme un morbo increíble.

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