Color piel
Un día alguien me llamó “mi niña de colores”. Pero ahora por más que me miro y me toco, no hago otra cosa que ver carne, piel. Anoche dormí en otro cuarto que tiene un espejo de cuerpo entero, y no pude evitar mirarme. Nunca me había visto tan de verdad delante de mí, y al principio me asusté un poco. Me fijé en las marcas de mi piel… Algunas por quemaduras, otras debidas a alergias y enfermedades de todo tipo, otras son el recuerdo de esas caídas brutales de cuando era niña, otras el símbolo de cuando el cuerpo se me transformó, sin mi permiso, de niña a mujer. Los voraces dedos del tiempo recorren mi cuerpo desde el pie derecho hasta la frente. Despiertan en cada presente que ya fue demostrándome que esa soy yo de verdad. Me enredan, me llevan de un lado a otro a veces más deprisa, otras suave, muy suave. Arrítmicamente se encuentran con zonas lisas, puras, blancas, casi vírgenes; Zonas rugosas, duras, morenas, más vivas y palpadas… Piel y palabras que brotan de cada poro.
Tanta hipocresía soy y presencio, que a veces me abraso. Pero es bueno que duela. Hoy ha llovido tanto en unas décimas de segundo, que todas las gotas juntas hubieran servido para apagar el fuego que me abrasaba por dentro. No con tratar de arramplar a la vida ésta se llena de gracia, a veces sólo consigue quemarte el hígado y el corazón. Aún no conozco nada que queme el fuego.
No soy de colores, pero si tuviera que elegir uno, me gustaría tener un alma verde. Alma verde porque muere, de esperanza, si llega al clímax final de estar apunto de tocar el cielo. Alma verde porque siente que fluye la vida dentro de sí junto a los últimos ronquidos del invierno y los primeros latidos de una primavera llena de sol. Alma verde que huele a caliente y húmedo. Que siente el viento como silbido y la música como alegría. Que disfruta eternamente de noches de luna, luciérnagas y canto de grillos. Noches de patria infantil. De unos ojos, mis ojos. De mi yo y mi único sentido como reflejo de las palabras de mis abuelos, que después de cada cena, cada noche, cada vela, guardaban los mejores minutos de silencio de sus vidas para dármelos a mí. Mientras mirábamos las estrellas y tratábamos de morir de esperanza tocando cada punta del cielo.
Le tengo demasiado respeto a escribir, es verdad. Tan verdad como que nunca me he enamorado por miedo. Tan verdad como que sé que si no escribiera, me moriría.