Sábado, 21 de Abril de 2007

Color piel

Archivado en: Aire — la mala de la pelicula @ 2:17 pm

Un día alguien me llamó “mi niña de colores”. Pero ahora por más que me miro y me toco, no hago otra cosa que ver carne, piel. Anoche dormí en otro cuarto que tiene un espejo de cuerpo entero, y no pude evitar mirarme. Nunca me había visto tan de verdad delante de mí, y al principio me asusté un poco. Me fijé en las marcas de mi piel… Algunas por quemaduras, otras debidas a alergias y enfermedades de todo tipo, otras son el recuerdo de esas caídas brutales de cuando era niña, otras el símbolo de cuando el cuerpo se me transformó, sin mi permiso, de niña a mujer. Los voraces dedos del tiempo recorren mi cuerpo desde el pie derecho hasta la frente. Despiertan en cada presente que ya fue demostrándome que esa soy yo de verdad. Me enredan, me llevan de un lado a otro a veces más deprisa, otras suave, muy suave. Arrítmicamente se encuentran con zonas lisas, puras, blancas, casi vírgenes; Zonas rugosas, duras, morenas, más vivas y palpadas… Piel y palabras que brotan de cada poro.

Tanta hipocresía soy y presencio, que a veces me abraso. Pero es bueno que duela. Hoy ha llovido tanto en unas décimas de segundo, que todas las gotas juntas hubieran servido para apagar el fuego que me abrasaba por dentro. No con tratar de arramplar a la vida ésta se llena de gracia, a veces sólo consigue quemarte el hígado y el corazón. Aún no conozco nada que queme el fuego.

No soy de colores, pero si tuviera que elegir uno, me gustaría tener un alma verde. Alma verde porque muere, de esperanza, si llega al clímax final de estar apunto de tocar el cielo. Alma verde porque siente que fluye la vida dentro de sí junto a los últimos ronquidos del invierno y los primeros latidos de una primavera llena de sol. Alma verde que huele a caliente y húmedo. Que siente el viento como silbido y la música como alegría. Que disfruta eternamente de noches de luna, luciérnagas y canto de grillos. Noches de patria infantil. De unos ojos, mis ojos. De mi yo y mi único sentido como reflejo de las palabras de mis abuelos, que después de cada cena, cada noche, cada vela, guardaban los mejores minutos de silencio de sus vidas para dármelos a mí. Mientras mirábamos las estrellas y tratábamos de morir de esperanza tocando cada punta del cielo.

Le tengo demasiado respeto a escribir, es verdad. Tan verdad como que nunca me he enamorado por miedo. Tan verdad como que sé que si no escribiera, me moriría.

Jueves, 5 de Abril de 2007

Síes y Noes

Archivado en: Aire — la mala de la pelicula @ 1:38 pm

En esta mi primavera hoy habita una flor llamada Pensamiento. Habita en lo que es ahora un todo lo que veo. Habita en mi bosque, en la esperanza. Habitan donde antes TEnía una esQUIna tERminada en miedO.

Recuerdo aquel árbol, su tacto en mi espalda hacía llegar un calambre hasta mis pupilas en forma de luz. Mi espalda, parte de la que no soy mi dueña. Siempre interpretada por otros ojos, sentida por otras manos, mordida por otros dientes. Mi más puro vestigio de lo que un día fue mecido, y de lo que jamás fue juzgado por mis ojos a manos de un espejo.

Hay a quienes quieres sin jamás buscarle razón a tu querencia. Les quieres porque les quieres. Recuerdo aquel árbol porque me recuerda a que nos queremos sin decirlo. Yo nunca he sido un para ti, y tú jamás has sido un para mí. Sólo un nosotros, sin querer tener más de lo que ya tenemos. Porque esto es tan etéreo que no se merece peso ninguno. No querer hacer preguntas para no tener que cargar con ninguna respuesta, y con ello dejar de volar. Sólo dar, dar lo más desconocido, dar lo que ni nosotros sabíamos que estaba aquí dentro.

Sé que todo esto es tan inventado, tan irreal, tan inusual como auténtico. Es la verdad que trata de explicarte tu subconsciente mientras sueñas. Es sueño, verdad y secreto. Oculto hasta para nuestros propios oídos.

Has tenido que saltar tantas barreras que eran miradas, que eran frases lapidarias y manos que se cerraban en puño para no enseñar nada. Y a pesar de todo, consigues hacer lo que quieres hacer. Yo siempre tuve miradas que bañaban mis sueños en síes, palabras de aliento y manos acariciando mis palabras. Así que, tengo más miedo.

Reconozco que me asusté de todo esto. Que un día un grito desde abajo me hizo mirar al suelo y al polvo, preguntándome si no es ahí donde debía de estar yo también. Algunas miradas extrañas, algunas palabras frías, algunos puños cerrados fueron adelgazando mis sueños, y en vez de perder peso, aquello me hacía descender, descender, y engordar de miedo y estupidez de lo que llaman real. Cuando estuve abajo, me dio miedo volver a subir. Me daba miedo el propio bosque.

Pero a veces encuentras a personas a las que quieres porque te ayudan a no volverte loca. Son capas de cebolla, finas y frágiles que te escudan de las lágrimas más absurdas. Las que te hacen saber que puedes vivir aquí abajo con un yo por ti y tú por mí en un mismo cuerpo, aunque luego… Luego estén aquellos a los que quieres porque les quieres, y con los que a veces te elevas hacia lo más alto del infinito aire, del bosque, del árbol. Y vives los momentos más increíbles de tu vida. Y no se te olvidan jamás.

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