Martes, 6 de Marzo de 2007

Gaia

Archivado en: Aire — la mala de la pelicula @ 7:19 pm

Llevo una hora aquí sentada. Aún no sé qué espero, ni siquiera sé si espero algo, pero me da igual. Sólo sé que hace una noche preciosa, de esas que hacía tiempo que no veía. Aquí dentro calor, vapor, y unas pestañas que tiritaban entreabiertas ya se van relajando, abriendo. Las estrellas brillan como nunca. El viento por fin ha dejado de volar todas las palabras que formaban frases, gritos sin sentido.

Aquel edificio de enfrente, en principio de arquitectura horrenda y hasta casi angustiosa, va tomando mi forma. A pesar de ser de figura y agujeros afilados, cuadrados… Empieza a resultarme inquietantemente bonito. De cada ventana que rodea aquel enorme hueco, se atisban pequeñas historias. De algunas, mis ojos alcanzan a enfocar los silencios más oscuros. De otras, observo la vida de aquellos para los que la noche sólo acaba de empezar. Las miradas no se ven, pero se sienten. Creo que en la de la esquina izquierda hay besos. Quizá lo creo porque es la única que aún conserva rosas rojas en sus maceteros, a pesar de las alturas del frio y del invierno…

El cuadrado agujero del cuadrado edificio, deja ver el otro lado de la ciudad. Es como una enorme boca abierta de uno de aquellos mágicos Totem, que nos susurra todo lo que se encuentra más allá. Tengo la melodía del cuerpo muy alta, y los oídos demasiado usados como para poner mi atención hoy en escuchar algo más. Sin embargo, el simple hecho de saber que un edificio es capaz de susurrarme algo, me invita a suspirar y recordar que yo jamás he tenido entusiasmo, sino que he tenido convicción. Cuando me caía del columpio me dolía más que al niño de al lado. Joder, a él le divertía la sensación de volar. Yo siempre pensé que de verdad podía volar. Convicción… Recuerdo, aunque no sé si tarde, que mi hilo de voz no es transparente. También recuerdo, aunque no sé si tarde, que cuando miro a aquellos árboles durante varios minutos, acabo convencida de que los he visto crecer. Y a veces los árboles son pequeños, y jamás crecen.

Miro el reloj. Son las diez y media, pero me da igual. Aún no sé que hago aquí, ¡cómo si fuera tan fácil inventarle una historia a una manecilla!. Sin embargo espero. Mientras me tiemblan los cimientos sé que no puedo liquidar mis errores, ni tan siquiera los del mundo entero. Si colegialas con falda son quienes estudian los fallos de la humanidad… No puedo. No es tan fácil sacar de la chistera trucos nuevos, ni desplegar un abanico lleno de virtudes. Es difícil saber que una se está desangrando por dentro constantemente, y que cada vez que alguien me escurre apretando mi piel contra mis huesos con un beso, me sale un nuevo lunar. Me gustan los besos debajo de la almohada, mirarme al espejo y sentir que aún viajan en mis pupilas aquellos miles de ositos de gominola rojos. Masticar las olas del mar y las gotitas de lluvia aunque sólo sean sal, porque yo no la veo. Y tengo la convicción cada día más, de que los románticos tenían razón, aunque luego se les fuera la mano.

Empieza a ser tarde, pero me da igual. A mi izquierda hay dos coches exáctamente iguales aparcados en doble fila. Sus dueños hace unos minutos ya que los dejaron allí aparcados, en la misma posición. Los dos se acordaron de poner las luces de emergencia antes de salir, pero en cambio, las luces de ambos se mueven de forma completamente arrítmica. Ni las máquinas se ponen ya de acuerdo, ni los dedos.

Ya no creo en aquellas utopías que nos mataron a tantos. Tampoco creo en las leyes de Newton, ni en la puta física cuántica. No creo ya en la causa-efecto. Creo en la molécula nueva que encontraron hace poco, que adquiere forma según quien la mira. No sé su nombre, me da igual. Creo en la experiencia y en la vida. Creo en las pasiones, también un poquito en gaia, y en que pedirte perdón no será tan difícil. Creo en que creas en mis convicciones. En que cojas mi mano y me lleves a aquel portal a contarme historias de alemanes y de romanos.

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