Paseando la vuelta
Durante estos días he fabricado montones de bolsas de basura. En todos los finales de batalla quedan restos, aunque eso nunca se cuente. No podría jurar que aquella fuera la vivencia más cruda, punzante, enroscada, intensa y pura que habría de sufrir, sin embargo, es así como lo siento. Ahora todo lo que hay es nada, y es amado. Cualquier amanecer es ya algo tiñoso y prescindible después de haber visto lo que vi. Ahora estoy en el suelo, tumbada y agotada. Los bailes lentos que suscitan las imágenes de mi mente, me llevan a esa sensación de aletargamiento perpetuo, de hondas blandas e hipnóticas que te recuerdan que retomar el viaje sería remover viejos miedos. Por ejemplo, cuando lo tuve frente a frente y lo miré. Cuando de las pupilas de tu sueño cuelgan dos luces como aquellas, te acojonas y peleas. Tenía el ángel, el arte, la magia, tenía el enigma de la singularidad. Bueno, lo tenía y lo parecía. Pero creo que esta noche me incorporo. Esta noche deseo que todas las cosas más brillantes se tornen oscuras, sólo esta noche. El mar negro, el cielo opaco, sólo unas horas tu recuerdo muerto.
Por culpa de habernos descubierto, me veo obcecada a no ver nada igual jamás, a ni tan siquiera ver lo mismo. Después de la batalla llegan los rencores, los vencedores y los vencidos. Yo no perdono. No puedo perdonar vivir contra un sueño ya vencido. Todo mi camino, según esta teoría, deberían ser ya rastrojos volados, heridas abiertas, hombres sin dientes y almas sin cuerpo, besos sueltos en una boca mordida. Pero recuerdo cuando sentí aquel sueño fuera de mi mente, y dentro de mi vida. Recuerdo aquella luz, aquellos besos y aquella batalla perdida. Supe desde el principio que iba a ser mi fin, tanto si te mataba, como si me moría. La herida la hiciste tú, un sueño mío que me pertenecía. Me niego a quedarme aquí, inclinando el pecho hacia el musgo de la tierra. Hoy me levanto, aunque duela. Es poesía lo que permanece entre mis músculos, y choca y duele cada vez que abrazo, que arrastro o que miro al cielo. Es la bestia, pura y limpia, llena de convicciones recién nacidas, y por tanto llenas de humanidad. No he dado nada aún por ti, ni tan siquiera la vida. Pero un día, daré el paso más grande del mundo. Levantaré un pie, en alguna dimensión, en algún momento, y me encontraré de nuevo a tu lado. Te miraré, y por fin podré tocarte, esta vez sin miedo a ella, ni a él, ni a mi propio sueño. En tres minutos, se parará el tiempo, acabará el verso, y por fin lloverá todo lo que puse dentro de mis pupilas.
Prometo que todo lo que se hizo en exceso, fue por defecto. No pude dejarme más de lo que me dejé en la muerte de aquello que nunca imaginé palpable. A pesar de la rabia, del dolor, a pesar de la fatiga, del tembleque, del vacío, del adiós no reconocido, a pesar de todo eso… Todo lo que me queda es por ti y es contigo. Sólo ya me habitan la ilusión y el deseo, sólo unas piernas que no paran, y que ya no distinguen la noche y el día si no es por ti, y no es contigo.