170×50 de Carne y Silencio
La suerte la llevaba él en los ojos, pero sólo cuando ella le miraba. Ninguno de los dos lo sabían. Y aunque él dejó caer todas sus tácticas de seducción para retenerla, la suerte siempre prefirió mantenerse en la figura de ella, y en la mirada de él. Ninguno partía con ventaja. Él sólo la sentía cuando la veía pasar a ella, y ella sólo cuando le miraba a él. Obviamente se temían, y quisieron quererse sin desvelar el temor. Buscaron en el principio del calor, el final de los miedos… Y ahí les llegó el error. Nunca hay un final en estos cuentos. Cuanto más calor más miedo, y cuanto más miedo más silencio. De ese silencio, a pesar de lo extraño, sólo se desengancha uno estando sordo.