La mala de la película

"no soy mala, es que me han dibujado así"

16 de Noviembre de 2005 - Aire

Perdón

Miro al frente poniendo siempre un ojo en el espejo retrovisor. Por él me adhiero a las cosas más cercanas, a las que dejé, más que a lo que se me viene encima. Las estrellas son tan grandes, y la tierra tan pequeña…Que prefiero quedarme como estoy. Le pongo la forma de lo viejo al contenido de lo nuevo, y así la enfermedad siempre subsiste. Trato de agudizar mi percepción en ti, para ir corriendo detrás, pero me siento incapaz. Prefiero mirar al Oeste que a un solo suburbio. Esto me da el terrorífico poder de ver todo desde fuera, así que en general paso los días tachando ciudades del plano.

Lo siento si me gusta ser la mujer del trapecio. Mientras me balanceo se ven las cosas de manera clara, casi siempre la inocencia es la mejor crítica. Prefiero vivir con los vivos, con los que hacen música y no diagramas, con el que se implica y no clasifica, con el que descubre y no instruye. No te enfades, o sí, enfádate, pero déjame que te oiga. No quiero verte, no quiero estar obligada a tener un punto de vista continuo, añoro envolverme de ti, llenarme de tu ambiente. Verte es tan sólo una mísera porción. Cuando cantas en cambio, me llegas de arriba, de abajo… Y no hace falta que te enfoque, y no te puedo silenciar. Si me escribes, tus palabras acabarán siendo como las mías, el espíritu de lo olvidado, de la apariencia de la simple mano. No hay analfabeto de oído.

Sigue haciendo lo que siempre haces. Cántame de modo que yo te pueda ver sin abrir los ojos, difunde alegría y revolución. Y recuerda que lo que es, lo es precisamente gracias a lo que no es. Y sólo los labios que no te besan son capaces de desearte.

No te lamentes, y no preguntes por mañana. El futuro… En él reside eterno el morbo de resultar peligroso.

11 comentarios para “Perdón”

  1. Red Crow dice:

    Genial!!!
    que envidia “sana”, me da no ser ese músico al que tanto alagas.

    muy bonito y con un estilo de contarlo sublime.

    desde ahora, un nuevo visitante para este rincón.

    gracias.
    un saludo.

  2. uffff…,yo te invito a lo que quieras. tu me lo susurras al oido….hace?

    anhelos de felicidad.

    demasiadas palabras bonitas concentradas, en tan poco espacio cosa bonita

  3. Red Crow dice:

    Ayer puse un par de comentarios, en los 2 últimos posts de este rincón.

    han sido eliminados ??
    han desaparecido ??

    alguien me puede decir a que ha sido posible.

    saludos.

  4. Red Crow dice:

    Perdon por el último comentario, podeis eliminarlo y este también.
    Ha sido algún fallo de mi firefox, digo yo, jeje.

    saludos.

  5. Mis sinceras disculpas Red Crow. Tengo un sistema anitspam ,(creo que se dice así),con el que cuando alguien escribe por primera vez un comentario, necesita ser aprobado. A partir de ahora aparecerán tus comentarios a la primera.

    Muchas gracias por tu visita, y sobre todo por tus palabras 🙂

  6. Muy weno, def…

    Eso sí, ni se te ocurra volver a llamarme macho 🙂

    Lo dicho… volveré.

  7. Red Crow dice:

    Gracias “la mala…” y perdona por el último post que no aprecie que ya aparecian.

    gracias por darme paso a tu apartado.

    y gracias a ti por tus palabras no por las mias.

    un saludo.

  8. 😉

    Aquí te espero, macho, (en el giro más madrileño de la palabra, claro. Jijiji)

  9. erblues dice:

    Una tarde más la lluvia caía sin gana, en apenas un llanto purificador, sobre la estrecha y abarrotada calle Destino. Era hora punta. La muchedumbre se esquivaba entre los paraguas, en ejercicios imposibles que ningún otro hormiguero resistiría sin perder su coherencia interna. Los cláxones salpicaban la escena de arritmias ejecutadas con la misma imprecisión con que un mal saxofonista sofoca la cotidianeidad. Aproximadamente a la mitad de la calle, un vagabundo recogía sus últimos cachivaches y los colocaba con extremo cuidado en el carrito metálico que apuntaba calle arriba. No le gustaba estar en zonas transitadas en hora punta. Sentía que se exponía demasiado a los caprichos de unos vecinos descaradamente hostiles. Pero era de nuevo martes y, desde hacía algún tiempo, los martes se habían convertido en algo muy especial. Cuando tuvo todo listo, extendió un plástico por encima del carrito y comenzó a empujar sus posesiones mientras miraba impaciente por encima de su hombro. Cojeaba ostensiblemente de su pierna derecha, pero la fuerza con la que empujaba no disminuyó ni un instante. La gente que pasaba a su lado le esquivaba ágilmente, en un nuevo ejercicio aprendido de memoria. Alguien enganchó, de forma accidental, una cremallera de un abrigo sin cerrar, al plástico protector del carrito. Éste cayó al suelo. La lluvia aclaró los sucios objetos del hombre. Él se quedó parado, en mitad de la calle Destino, y sus cosas se estaban mojando. Pero seguía dirigiendo su mirada impaciente por encima de su hombro, como si buscase el claro tras la tormenta. La gente lo esquivaba y refunfuñaban sílabas ininteligibles. Pero él no podía desviar sus ojos ni un segundo. Con tanta gente podría perderla de vista cuando apareciese. Demasiadas cabezas, pensó. Demasiados paraguas, concluyó. Demasiados días sin verla, se lamentó. Y entonces se agachó y, cogiendo el plástico empapado del suelo, tapó de nuevo todo lo que le quedaba, y se sintió algo más reconfortado. Y hasta se sintió sorprendido al notar el extraño calor que su corazón le regalaba cada martes desde que la veía. Pasó tras él, y se sintió orgulloso de haberla sentido antes de verla. Aquel calor le resultaba inconfundible. Y ahora se alejaba rápido de él, mezclándose con la gente, los vecinos, los que no la necesitaban… Agarró su carro con fuerza y comenzó a tirar de él, siguiéndola. Resultaba casi imposible abrirse camino entre la muchedumbre, con el pesado carro a cuestas, y sin apenas espacio para circular entre los demás. Pero todo lo que aún conservaba estaba en aquel carrito… Miró impotente como ella cada vez brillaba más lejos, menos suya, y el increíble desasosiego le obligó a soltar su carro, su pasado, calle abajo, ante el estupor de quienes lo veían venir. Corrió con toda la prisa que su cojera le permitió, tolerando el dolor a duras penas. Aquel brillo le daba fuerzas. Le resultaba increíble que ella se hubiese fijado en él, le hubiese sonreído aquel primer día, y hubiese consentido aquel juego que cada martes repetían… Cada vez la tenía más cerca, sintiendo su calor de forma tan potente que ya le parecía propio… Estaba ya encima de ella, a punto de rozarla. Pensó que por fin podría empezar desde cero con ella. Podía oler la felicidad. Y entonces ella salió de la calle Destino y giró por Realidad. Y, como cada martes, se esfumó sin despedirse y sin ninguna explicación, como por arte de magia, de la misma forma en que había aparecido en su vida. Él, apesadumbrado, se quedó parado un par de minutos mirando en dirección a Realidad, justo por donde ella acababa de volver a desaparecer, hasta que dio media vuelta y comenzó a descender, en busca de su carro, entre la muchedumbre de Destino, porque acababa de acordarse de que, de nuevo, aquello era todo lo que le quedaba hasta el siguiente martes, cuando tal vez consiguiese, por fin, dar alcance a su… luz.

  10. Señor blues, me encantan tus historias.Seguro que te lo han dicho mil veces pero…¿Has pensado en hacer un blog? Sería la visitante número uno. Mientras tanto, muchas gracias por dejarme disfrutarte aquí.

    Un abrazo,

    😉

  11. erblues dice:

    Es un placer contribuir un pelín a la puesta en común de sentimientos y pareceres que aquí sucede. El tiempo del que casi todos carecemos me impide ocuparme debidamente de un blog, por eso, egoistamente, “me aprovecho” de tu espacio para compartir algo más entre todos. Me gusta poder expresar mis emociones en un sitio de calidad ;-). Y gracias a ti, por mala y por sensible. Ciao, Mala.

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