La mala de la película

"no soy mala, es que me han dibujado así"

28 de Septiembre de 2005 - Cine

Sed de Mal

Se me caen las lágrimas con este post. Sed de Mal es de esas obras maestras que te hacen creer un poquito más en esto del cine. Soberbia técnica, perversa por su imaginación, su audacia, su eficacia más total y absoluta. Perpleja, con los ojos como platos los 95 minutos de blanco y negro mejor disfrutados en un aula de instituto. Así la recuerdo, y no me canso de verla, y de aplaudir, y de emocionarme.

Durante décadas, los cineastas han rendido homenaje a esta imponente película de cine negro que Orson Welles rodó en los años cincuenta del siglo pasado. Es un escabroso relato sobre la corrupción que se desarrolla en los destartalados tugurios y moteles de una sórdida ciudad fronteriza, donde el honorable oficial de narcóticos mexicano Charlton Heston, (a mi parecer, en el único buen papel de toda su carrera), y el degenerado policía americano Welles, entran en conflicto por un asesinato cuya jurisdicción está en disputa, mientras Janet Leigh se convierte en un títere atemorizado.

Lo que podría ser un insignificante thriller se convierte, a manos de Welles, en arte. Sumida en un atmósfera siniestra, la película aún celebre por su plano secuencia del comienzo, tres brillantísimos minutos en los que la cámara, situada sobre una grúa, desciende en picado hacia la bulliciosa escena nocturna, mientras Mike y su rubia esposa Susan cruzan dando un paseo a Estados Unidos para tomar un helado con soda. Con un ¡boom! la luna de miel concluye ahí.

En cuestión de minutos se han repartido las cartas de un malévolo y perverso juego, en el que Dietrich es la puta más preciosa, y terminas aborreciendo al obsesivo Welles, que toma una figura de repugnante psicópata. Realmente es para amar a este hombre, ¿o no?

En definitiva, un magnífico e inigualable, (aunque mil veces imitado), comienzo de una serie de audaces y complejas puestas en escena, con elementos estilísticos teatrales exprimidos al máximo. Un casi hiperrealismo en la fotografía en blanco y negro. Una banda sonora mezcla de música latina, jazz y rock (qué arte, qué arte), que es para ponerte la piel de gallina y no parar. La caza final es un delirio de exuberancia visual, efectos y fatalidad tan soberbio que es casi chulesco.

Qué arte.

10 comentarios para “Sed de Mal”

  1. Me fascina como escribís.
    Tenés arte para escribir.
    Placer haberte encontrado, ya no se por donde, pero acá me tendrás leyendote

  2. ¡Qué peli…! Y qué director-autor-actor-embelesador…

  3. exacto lo que comentas. esta pelicula su inicio es de un aranque explendido , el contraste de sombras es excelente y por cierto. sale la chica que luego realizo en psicosis la escena de la ducha. como anecdota. un abrazo

  4. ¡Claro, Natzan: esa chica de la ducha se llamaba (las palmó no hace demasiado)Janet Leigh, ya lo dice La Mala!

  5. Cada dia me fascina mas como escribes mala. No suelo opinar porque me quedo sin palabras, aunque yo leo algunos de tus relatos en primicia en tu lugar de trabajo.
    Aqui nadie me llama orejas… jo, en fin vuelvo pronto.
    Cuidate y sigue escribiendo tan bien.

  6. Orejitas, vida,¡vuelve ya! Qué no veas lo que se echan de menos tus ruidos en casa…

  7. Welles había sido ominosamente manipulado).
    Hoy, para nuestra felicidad cinéfila, restaurada por fin gracias a la magia del DVD, la textura maestra del Gran Genio Norteamericano ha despejado todas las posturitas malévolas de las absurdas críticas que recibiera en su tiempo, y los fans de sus imágenes castigadas y escondidas como mieles del panal irrepetible de la inteligencia de este Patriarca Excelso del Séptimo Arte, podemos saborear a cuerpo de rey la plenitud emocionante, como susurro lejano de una confidencia edificante que creímos perdida, de este relato policial único y magistral. Un “Touch of Evil” que, todavía hoy, nos eriza el vello; que nos hace estallar con el júbilo de “bienvenido seas”; que renace, para gozo de todos sus fans, prometiendo su castigo a los que se le resistieron severamente, y en el que retoña la excelsitud de todos los valores fílmicos (y no es pasión generacional) de un auténtico (si no el más grande) genio de la cinematografía mundial. En el plano secuencia con que arranca “Sed de mal” late uno de los travellings más aptos para atraerse lo extraordinario de este Sabio Definidor del Gran Cine Mr. Welles, y de lo que debe ser una perfecta conmoción fílmica. ¡Un auténtico y largo juego coral en carne viva! Nos acecharán luego esos sus claroscuros siniestros del más contundente blanco y negro jamás captado por la cámara; los contrapicados que acentuarán esa especie de dramaturgia escénica angulosa con nuevos y vertiginosos travellings maestros, que nos resumen toda la opresión de unos personajes atrapados a través de avenidas ruidosas, y callejones aptos para la puesta en práctica de cualquiera de los toques diabólicos que impregnan el film. Y se nos reservarán esos descampados polvorientos, entre una suciedad revoloteante, a través de la iteración indiferente de las martilleantes y enloquecedoras torres petrolíferas.
    En esa víspera de sepulcros vivientes, entre celosías de acero y firmamentos de lamparines inmóviles, donde tan sólo se salvan las almas rurales del viejo México, repudiadas por el policía honorario de los vecinos EEUU, se labra un soberbio retrato de personajes implacables.Como teólogos, maestros y misioneros de esa veneración fecunda y pingüe del tópico racista que los norteamericanos suelen imponer en sus ciudades fronterizas con México. Pero en ese ámbito tan sensitivo de la superioridad estadounidense, pese a las falsas pistas y a los exabruptos maestros y cínicos con que el gran prohombre policíaco, que es Hank Quinlan, se entrega a las empresas fecundas de sus mentiras, será, finalmente, un mediocre policia mexicano (según él lo conceptúa) el que acabe con su insolencia y lance por tierra sus bravuconadas de circo americano. El halo nostálgico, estremecedor, del mejor Welles, nos obsequiará también, al son de una pianola que nos mutila las entrañas, con un tú a tú del más excelso nivel mítico: un encuentro que habla de implícitos delirios eróticos y de la ya imposible belleza de los recuerdos, tras abordar la más dolorosa imagen de la soledad en una dimensión temporal irrecuperable. Marlene Dietrich, decadente y melancólica, aparecerá frente al egregio comecriminales, ahora pelele de una lenta peregrinación hacia su trágica decadencia, para responder, mientras extiende sus cartas sobre la mesa, a la solicitud de Quinlan de que le lea su futuro, como, al parecer, hiciera ya otras veces: “Tú no tienes futuro…. ¿Que quieres decir?, inquiere Hank… Tu futuro acabó…”
    Entre esa perfecta conjunción de los variados niveles morales de los personajes, y la simetría soberbia de la narración, ahora en su versión íntegra, hay que resaltar también uno de los impactos expresivos más contundentes del film: un asesinato gargoliano del que se sirve al genio Welles para acentuar magistralmente toda contraposición entre inteligencia y maldad. Hank Quinlan queda de nuevo relegado a ese detective grotesco, capaz de concentrar todos sus esfuerzos en la razón del crimen y del odio que, con toda seguridad, siente por sí mismo… Ni que decir queda que el equipo de fotografía y los diálogos facilitan la digestión al espectador. La atmósfera del film, de un rigor casi inhumano, crearía escuela (“Última salida Brookling” de Uli Edel, por poner un ejemplo). La música de Henry Mancini llega a convertirse, por momentos, en un testigo irascible que confraterniza con las ideologías furibundas, agridulces, y nostálgicas de todo cuanto nos es contado. En este “Touch of evil” (que el tiempo ha revalorizado como uno de los vehículos más insólitos del genio de Welles), imperdible para sus seguidores, se agradecen cameos magníficos y tan diabólicos como el mismo film: el de Mercedes Mc Cambridge. El virtuosismo mítico de la Dietrich, que también nos conmueve, parece contener, aunque tan sólo sea para paladares muy mitómanos, el nomadismo rozagante de aquella gitana de forrados acentos ingleses que se luciera en “Golden Earrings”. Welles nos la vuelve a regalar con su pechera de circo, sus andares de oficio, y pone en su lengua un “adiós” castellano, que trasciende en la noche como un melindre bondadoso de amistades muy particulares, pero de una dolorosa intimidad perdida, ¡ay!, que va más allá de lo recomendable.
    La resolución trágica de la película a manos de un sorprendente Joseph Calleia es igualmente impecable. Y un Charlton Heston, casi apoteósico, se desmitifica por fin de sus clichés pasionales y selváticos, y logrando extraer la profunda moral humana de su estupendo personaje (por muy increíble que parezca su idiosincrasia mexicana), comprende a la perfección lo importante que fue para él formar parte, casi como protagonista de excepción, de esta eximia exaltación coral que nos ofrece “Sed de mal”. Resaltan espléndidamente Akim Tamiroff y Janet Leigh. A Zsa Zsa Gabor casi ni se la ve, aunque tampoco hacía falta. Joseph Cotten, en un nuevo cameo, siempre se agradece… “Touch of Evil” queda así sometido, de por vida, a la deslumbrante servidumbre del genio. Es como si hubiese nacido para el más pasional y mágico blanco y negro de la milagrosa noche que siempre nos ofrece el impacto del celulóide. Gran cine de nuestras nostalgias. Uno de los aleluyas más gloriosos de la genialidad de Orson Welles. Yo la propondría, o más bien la sumaría, a la lista de las Maravillas del Mundo. Aunque, únicamente, en V.O.

  8. Publicado por Kentauro en 12:16 0 comentarios
    sábado 8 de diciembre de 2007
    Sed de mal
    Basada en la novela de Whit Masterson “Badge of Evil”, la película fue recibida por la crítica como uno de los más sórdidos retratos policíacos de finales de la década de los cincuenta. Los prejuicios censores le hincaron el diente (no sabemos si lo harían también con la novela).Víctima de una incomprensión despiadada, como solía ocurrir con cuanto impacto expresivo pusiese en solfa el genial Orson Welles, la tacharon de grandilocuente y excesiva. El provincianismo americano, en todas sus vertientes, siempre ha odiado las denuncias al sistema, pese a que sus manifiestos antiracistas cayeran siempre, tan vertiginosamente como su falsedad intrínseca, en ese profundo pozo donde nuestras conciencias evitan por sistema (dogma y lejanos principios de patriotería) el eco flagrante de la más perniciosa de las verdades. Cierto, porque nadie en sus procesiones vivenciales, sea en un país o en otro, y tampoco vale sentirse en otro tiempo o ahora, desean la verdad desnuda. Y el genio de Welles siempre molestó demasiado. Tras un montaje desasatroso, “Sed de mal” fue condenada al ostracismo. Las copias que corrieron por todo el mundo ahogaron su rigor, y el crudo espectáculo propuesto por ese policía corrupto, al que da vida un Orson Welles absolutamente espléndido, con su carga de amargura de hombre sin sueños ya, incapaz de recomponer la sórdida realidad en que se sume su existencia, y que, no obstante, arrastra y presume de la dogmática y perniciosa obstinación de una superioridad inmersa en la profundidad de su malsana conciencia. Pues bien, para dolor de muchos, esta película, debidamente recortada, nos fue servida en las pantallas comerciales, con su viejo montaje devastador, como una trivial investigación detectivesca, en la que se conceptuaban todos los altibajos y supuestos defectos de cualquier film de serie B, (pese a la constatación entre líneas, lo recuerdo muy bien, de que el talento de Welles había sido ominosamente manipulado).
    Hoy, para nuestra felicidad cinéfila, restaurada por fin gracias a la magia del DVD, la textura maestra del Gran Genio Norteamericano ha despejado todas las posturitas malévolas de las absurdas críticas que recibiera en su tiempo, y los fans de sus imágenes castigadas y escondidas como mieles del panal irrepetible de la inteligencia de este Patriarca Excelso del Séptimo Arte, podemos saborear a cuerpo de rey la plenitud emocionante, como susurro lejano de una confidencia edificante que creímos perdida, de este relato policial único y magistral. Un “Touch of Evil” que, todavía hoy, nos eriza el vello; que nos hace estallar con el júbilo de “bienvenido seas”; que renace, para gozo de todos sus fans, prometiendo su castigo a los que se le resistieron severamente, y en el que retoña la excelsitud de todos los valores fílmicos (y no es pasión generacional) de un auténtico (si no el más grande) genio de la cinematografía mundial. En el plano secuencia con que arranca “Sed de mal” late uno de los travellings más aptos para atraerse lo extraordinario de este Sabio Definidor del Gran Cine Mr. Welles, y de lo que debe ser una perfecta conmoción fílmica. ¡Un auténtico y largo juego coral en carne viva! Nos acecharán luego esos sus claroscuros siniestros del más contundente blanco y negro jamás captado por la cámara; los contrapicados que acentuarán esa especie de dramaturgia escénica angulosa con nuevos y vertiginosos travellings maestros, que nos resumen toda la opresión de unos personajes atrapados a través de avenidas ruidosas, y callejones aptos para la puesta en práctica de cualquiera de los toques diabólicos que impregnan el film. Y se nos reservarán esos descampados polvorientos, entre una suciedad revoloteante, a través de la iteración indiferente de las martilleantes y enloquecedoras torres petrolíferas.
    En esa víspera de sepulcros vivientes, entre celosías de acero y firmamentos de lamparines inmóviles, donde tan sólo se salvan las almas rurales del viejo México, repudiadas por el policía honorario de los vecinos EEUU, se labra un soberbio retrato de personajes implacables.Como teólogos, maestros y misioneros de esa veneración fecunda y pingüe del tópico racista que los norteamericanos suelen imponer en sus ciudades fronterizas con México. Pero en ese ámbito tan sensitivo de la superioridad estadounidense, pese a las falsas pistas y a los exabruptos maestros y cínicos con que el gran prohombre policíaco, que es Hank Quinlan, se entrega a las empresas fecundas de sus mentiras, será, finalmente, un mediocre policia mexicano (según él lo conceptúa) el que acabe con su insolencia y lance por tierra sus bravuconadas de circo americano. El halo nostálgico, estremecedor, del mejor Welles, nos obsequiará también, al son de una pianola que nos mutila las entrañas, con un tú a tú del más excelso nivel mítico: un encuentro que habla de implícitos delirios eróticos y de la ya imposible belleza de los recuerdos, tras abordar la más dolorosa imagen de la soledad en una dimensión temporal irrecuperable. Marlene Dietrich, decadente y melancólica, aparecerá frente al egregio comecriminales, ahora pelele de una lenta peregrinación hacia su trágica decadencia, para responder, mientras extiende sus cartas sobre la mesa, a la solicitud de Quinlan de que le lea su futuro, como, al parecer, hiciera ya otras veces: “Tú no tienes futuro…. ¿Que quieres decir?, inquiere Hank… Tu futuro acabó…”
    Entre esa perfecta conjunción de los variados niveles morales de los personajes, y la simetría soberbia de la narración, ahora en su versión íntegra, hay que resaltar también uno de los impactos expresivos más contundentes del film: un asesinato gargoliano del que se sirve al genio Welles para acentuar magistralmente toda contraposición entre inteligencia y maldad. Hank Quinlan queda de nuevo relegado a ese detective grotesco, capaz de concentrar todos sus esfuerzos en la razón del crimen y del odio que, con toda seguridad, siente por sí mismo… Ni que decir queda que el equipo de fotografía y los diálogos facilitan la digestión al espectador. La atmósfera del film, de un rigor casi inhumano, crearía escuela (“Última salida Brookling” de Uli Edel, por poner un ejemplo). La música de Henry Mancini llega a convertirse, por momentos, en un testigo irascible que confraterniza con las ideologías furibundas, agridulces, y nostálgicas de todo cuanto nos es contado. En este “Touch of evil” (que el tiempo ha revalorizado como uno de los vehículos más insólitos del genio de Welles), imperdible para sus seguidores, se agradecen cameos magníficos y tan diabólicos como el mismo film: el de Mercedes Mc Cambridge. El virtuosismo mítico de la Dietrich, que también nos conmueve, parece contener, aunque tan sólo sea para paladares muy mitómanos, el nomadismo rozagante de aquella gitana de forrados acentos ingleses que se luciera en “Golden Earrings”. Welles nos la vuelve a regalar con su pechera de circo, sus andares de oficio, y pone en su lengua un “adiós” castellano, que trasciende en la noche como un melindre bondadoso de amistades muy particulares, pero de una dolorosa intimidad perdida, ¡ay!, que va más allá de lo recomendable.
    La resolución trágica de la película a manos de un sorprendente Joseph Calleia es igualmente impecable. Y un Charlton Heston, casi apoteósico, se desmitifica por fin de sus clichés pasionales y selváticos, y logrando extraer la profunda moral humana de su estupendo personaje (por muy increíble que parezca su idiosincrasia mexicana), comprende a la perfección lo importante que fue para él formar parte, casi como protagonista de excepción, de esta eximia exaltación coral que nos ofrece “Sed de mal”. Resaltan espléndidamente Akim Tamiroff y Janet Leigh. A Zsa Zsa Gabor casi ni se la ve, aunque tampoco hacía falta. Joseph Cotten, en un nuevo cameo, siempre se agradece… “Touch of Evil” queda así sometido, de por vida, a la deslumbrante servidumbre del genio. Es como si hubiese nacido para el más pasional y mágico blanco y negro de la milagrosa noche que siempre nos ofrece el impacto del celulóide. Gran cine de nuestras nostalgias. Uno de los aleluyas más gloriosos de la genialidad de Orson Welles. Yo la propondría, o más bien la sumaría, a la lista de las Maravillas del Mundo. Aunque, únicamente, en V.O

  9. Tuve que repetirlo, lo lamento, porque se cortó en “Welles fue ominosamente manipulado”- Saludos cinéfilos. Y perdón por repetir el comentario, aunque no me cansaría de hacerlo porque TOUCH OF EVIL es una de mis obsesiones cinéfilas. ¡¡Simplemente, la adoro!!

  10. Me gusta mucho tu comentario, muy logrado con ese lenguaje poético que utilizas muy bien, pero no estoy de acuerdo contigo en una cosa, y es que dices que es el único buen papel de Charlton Heston. Parece que te olvidas de El Planeta de los Simios, Ben Hur, 55 días en Pekín o Los diez mandamientos. El problema que tiene Charlton Heston es que se trata de un “niño mimado” de Hollywood y que es un personaje políticamente incorrecto por su ideología, muy mal vista en nuestro rincón de Europa (muchas veces con razón).
    Otro dato resaltable de la figura de Heston es que gracias al nombre y al poder que alcanzó en Hollywood, presionó a la productora de esta película (Universal) para conseguir que el director fuese Orson Welles, y también impuso al siempre polémico Sam Peckinpah en otra película que protagoniza y se llama Major Dundee.
    Si visitas nuestro blog, próximamente pondremos un comentario sobre esta película (dentro de un mes, más o menos).

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