El increíble hombre menguante

Expuesto a una misteriosa y probablemente radioactiva nube mientras disfruta de un crucero, Scott Carey empieza a menguar gradualmente. La monotonía visual del director Jack Arnold se aviene perfectamente a lo absurdo y ambiguo de la premisa del guión de Richard Matheson. La primera mitad del film - en la que se retrata el trance del héroe como un problema entre médico, doméstico y socioeconómico- es una digna compañera de Delirio de locura (1956) de Nicholas Ray y Escrito sobre el viento (1956) de Douglas Sirk, en su irónica y terrorífica descripción de la vida de la clase media americana vuelta al revés. Pero es en la segunda mitad de El increíble hombre menguante - Scott, ahora más pequeño que el tacón de un zapato, cae al sótano y debe enfrentarse a varias amenazas naturales- cuando realmente despega, convirtiéndose en una apasionante y poética aventura de ciencia ficción. La insipiradora conclusión - “Para Dios no existe el cero”- constituye un raro ejemplo de cine popular con referencis metafísicas.
Gran parte de la fuerza de la película procede de su mordacidad psicológica y del fértil y preciso uso de los objetos; su arquitectura de escaleras, cajones, cajas de cerillas y latas pintadas. Para Matheson y Arnld, Scott Carey es un hombre universal radactivo: su aventura es una lección sobre la hostilidad del entorno artificial y de la propensión indestructible de la humanidad a creerse la medida de todas las cosas.



