Ayer me supiste a noche. A criaturas infernales sucumbiendo a los placeres. A voces huecas, espectrales. Al parto de un espíritu puro y arcaico: A nuevo.
Tus ojos llameantes me recordaron el resquicio del hombre original, el estado puro de inocencia. Al cielo negro sembrado de estrellas, arrastrándonos a la arcaica locura. Capaz de mostrarnos el cosmos, y al YO propio, subjetivo, íntimo, y para algunos, al ser humano más terriblemente seductor. La oscuridad que fusiona la magia con el alma, las luces, los ritmos, el silencio y los suspiros más tenebrosos.
Porque la noche es descenso, ascenso, placer, excursiones oníricas, gatos, brujas, y sobretodo, la noche es tú y yo sin sombras, tú y yo reales. Es la expresión de la emoción que debería mover el mundo. Sin la luz del sol cegadora, ni obtusos racionalismos que te ensucian y te deforman.
La noche, es la dimensión mágica del hombre.