Un día, le pediría que sentara aquí, delante de mí, si no es molestia. Un día, le diría todo esto que usted ya sabe: Le diría que, parecen perdurables cada uno de sus gestos, armoniosos, salvajes, duros, bellos. Le diría, que adoro su risa generosa, su temple, sus manos grandes, su robusto cuerpo. Y que también adoro cada uno de sus sádicos silencios. Le diría que, desde que le conozco, sólo hago que sacar mentiras de mis ojos y de mis dedos. Que le miran, que le tocan, como si su cuerpo fuera cualquier otro cuerpo.
Le diría también, que sé que no debo, que usted me advirtió, pero mi boca empieza a sufrir de hambre. Que deseo dejar de pensarle. Y que usted sabía que le confesaría que jamás estuve invicta, aunque lo parecí, aunque lo prediqué. Usted siempre había ganado. Compréndame, se lo pido. Sé que me recordará usted que no es mío. Pero, ay, déjeme llamarle amor… Ya hace mucho tiempo que tampoco soy yo mía.
Un día, le diría todo esto que usted ya sabe. Le diría, desnuda al fin, que procuré limpiar todos mis miedos. Y dejarlos, relucientes, colgados de su ventana. Sé que después lloverá. Sí. Pero eso será más tarde.