La mala de la película

"no soy mala, es que me han dibujado así"

7 de junio de 2015 - Aire

La soledad del nerd (de antes)

A partir de los treinta te acompaña esa sensación constante de cuerpo de vieja en cabeza de joven y al revés. Vas en busca, irremediablemente, de aquellos sitios en los que un día fuiste feliz, pensando en que allí te estará esperando aquella misma felicidad. Y sí. Pero no. La inmediatez silenciada que nos rodea, la del filtro de intagram constante, la de la interactividad frenética, la que no quiere(s) dejarte a solas jamás, a veces tiene esos momentos de inesperada honestidad contigo misma. Como en cualquier pesadilla, suele empezar por una interrupción total de las comunicaciones. Obligándote a enfrentarte a ti contra el monstruo que supones tú misma.

Estos días me he acordado mucho de cuando era una pringada. No es que ahora no lo sea. Pero a los 15 era, probablemente, una de las adolescentes más pringadas de Madrid. Cuando digo pringada me refiero a lo que hoy se conoce como nerd. Sólo que los nerds de antes estábamos solos. Hoy los nerds se juntan y forman pandillas nerds que hacen cosas nerds. Siempre que los veo me dan mucha envidia. Pero también estaba pensando en que cuando me pasé más de un año sola, encerrada en mi soledad, me divertí mucho. Y no hablo de una soledad como la de ahora, con el móvil e internet en la mano. Hablo de una soledad real, en la que estabas sólo tú contigo y te divertías mirando páginas aleatorias de la enciclopedia de tus padres. Mirando cómo hacían filas las hormigas. Mirando cómo tu madre cocinaba cocido. Viendo fotos con tu padre. O sólo mirando al cielo, mucho rato. Sin hablar.

Me acuerdo que el año de mis 15 fue un año jodido. En el ’99 todas las chicas de mi edad tenían unas tetas enormes menos yo. Que además, no quería tenerlas. Mis amigas se hacían mayores, salían a ligar y dejaban de jugar al fútbol con los niños. Yo me sentía fuera de lugar. Imagino que como todas las niñas de 15 años. Pero yo tenía un montón de bigote y entrecejo. Era súper fea. Y quería jugar con mi hermana de 9 años porque mi hermana me parecía mucho más divertida que el resto de la humanidad, (me lo sigue pareciendo). Y me lo pasé muy bien. Y estuve muy sola. La soledad me ayudó a tener fe en algo. No sé muy bien en qué. Quizá en mí.

Qué caro se ha puesto esto de estar solos ahora. Porque vale que nadie nunca nos va a devolver el dinero. Pero estaría bien, que alguien, alguna vez, nos devolviera la fe.

Y sí. Sigo siendo una maldita pringada que disfruta de estar sola aunque haya aprendido a usar bandas de cera depilatorias :)

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